A menudo, padres y madres dicen que los hijos no vienen con un manual debajo del brazo. Y tienen razón. Pero también deberían plantearse que el manual que ellos y ellas utilizan no siempre es el más adecuado. Cuántas veces me han dicho “yo educo a mis hijos como mis padres me educaron a mí”, como si eso fuese una garantía de que está bien hecho, quizás porque la persona ha conseguido salir adelante, fundar una familia o conseguir un trabajo. También hay personas que piensan que por el hecho de haber engendrado un hijo ya saben qué es educar, lo que vendría a ser como si por el hecho de comprar un coche la persona ya supiese conducir, aunque nunca se hubiese sentado a un volante. Incluso, otras personas no atienden al hecho de educar, simplemente viven, aman, riñen, castigan, etc., según sienten en cada momento, sin plantearse qué ejemplo y educación están dando a sus hijos e hijas. Todo ello son ideas peregrinas basadas en el desconocimiento de lo que es educar a otro ser humano.

En este texto voy a ofrecer algunas técnicas educativas sencillas de entender, que funcionan en la mayoría de los casos si son aplicadas con coherencia, constancia y compromiso por parte de los padres en conjunto ya que, si uno de ellos las aplica y el otro no, entonces no serviría de nada. Cuanto antes se empiecen a aplicar estas reglas que se exponen, antes se empieza a educar de manera sana.

Empecemos por la manera de hablar con los hijos. Lo pongo por puntos para darle un orden.

  • Para hablar con los hijos no hay que gritar, hablar en voz alta, gesticular violentamente o poner caras. Basta con hablar con tranquilidad.                                                                                                                     
  • Si un hijo o hija está en otra estancia de la casa, no hay que hablar a gritos ni llamarle para que venga. Si un padre o madre quiere decirle algo a su hijo/a es él el que tiene que acercarse. Lo mismo si es el hijo/a el que quiere hablar con el padre o madre ha de ser el/ella quien se acerque.                                                                                             
  • Cuando se va a decir algo a un hijo/a que está ante una pantalla se ha de pedir antes, con amabilidad, que se quite el volumen de la televisión, el ordenador, etc., o que se quite los cascos.                                  
  • Sobre todo, con los niños pequeños, es mejor hablar con ellos poniéndose a su altura, que las miradas estén a la misma altura.                    
  • La manera de hablar ha de ser amable y educada, no debe ser insultando, imponiendo o dando órdenes. Las cosas se piden amablemente o de manera neutra, pero no se ordenan.                                 
  • Los hijos, por el mero hecho de serlo, no son los sirvientes de los padres (ni al revés). Esa costumbre de los padres de que los hijos les traigan o les lleven cosas o les hagan pequeños favores no es sana en la educación.

  • Si un padre o madre comete un error respecto a un hijo/a es necesario que se disculpe sinceramente, mirando a los ojos y poniéndose a la misma altura. Si las disculpas son honestas, en general, los hijos saben perdonar.                                                             
  • Cuando se le pide (no se le ordena) algo a un hijo/a no hay que quedarse vigilando a ver si lo hace o no.                                                         
  • A los niños/as (y a muchos adultos) se les dicen las cosas un máximo de tres veces, teniendo en cuenta las maneras indicadas en puntos anteriores. La primera para informar, la segunda por si no se ha enterado bien y la tercera para recordar e insistir. Si en esas tres veces el niño/a no ha hecho lo que tenía que hacer, entonces hay una consecuencia que debe asumir.

  Hablemos de la diferencia entre el castigo y la consecuencia.

  El castigo. Esta palabra, en su origen latino, viene a significar “hacer virtuoso”, pero inicialmente se refería a rituales religiosos. En realidad, el castigo no hace bueno a nadie, al menos no con el amor, sino con el miedo a recibir de nuevo ese daño. El castigo es un perjuicio que una persona hace sufrir a otra, en la creencia de que no volverá a hacer la acción inadecuada por miedo a volver a sufrir el castigo, educando desde el miedo, no desde la comprensión y, en ocasiones, es utilizado por los padres para dejar salir su ira o su frustración, no por el bien del hijo/a. El castigo es una muestra de ejercicio de poder que el niño/a recibe en su interior con miedo, resentimiento, humillación y sensación de injusticia, consciente o inconscientemente. En este sentido, hay padres y madres que avisan una y cien veces y, al final, explotan y castigan o, simplemente, se cansan de advertir y luego pasan, enseñando al niño/a que si insisten lo suficiente pueden lograr lo que se proponen. Para ello está la “consecuencia”, que es una manera de educar mucho más eficaz y sana. Los hijos deben saber que, si no hacen caso a sus padres en lo que les digan, después de una tercera vez ya no hay más opciones y llega la consecuencia: “la consecuencia de que no hayas hecho caso es…”. Ahora bien, las consecuencias no son cuestiones que surgen en la mente del padre o la madre fruto del enfado, son acciones meditadas que el hijo/a puede saber incluso de antemano y que tendrá que asumir sí o sí, porque el/ella es responsable de su acción, es decir, que ha de responder de ella. Cuando los padres dicen que quieren hijos buenos, no deberían pensar en hijos obedientes, sino en hijos responsables, capaces de responder de sus acciones ante los demás y asumir las consecuencias, sean estas positivas o negativas. Uno de los aspectos más importantes de esto que estamos contando es que las consecuencias no se pueden retirar, han de cumplirse siempre y han de ser proporcionadas a la gravedad de lo que el hijo/a haya hecho. Si se advierte, pero no se cumple, no va a servir de nada, porque el cerebro del niño/a, si unas veces se cumple y otras no, desarrolla un aprendizaje intermitente que le dice “tú prueba, que a veces pasa y otras no” y así sigue repitiendo la conducta. En este sentido, los padres que advierten con consecuencias y luego no cumplen son los que enseñan a sus hijos a no hacer caso. Si siempre hubiese una norma fija de cumplir la consecuencia, el cerebro del niño le diría “ni lo pienses, no merece la pena, ya sabes cómo va a acabar esto”. Por eso la coherencia y que ambos padres cumplan de igual manera es tan importante.

Aunque lo que voy a decir ahora pueda no gustar, os aseguro que es cierto y os pido que sigáis leyendo. Los padres y madres, en muchas ocasiones no respetan a sus hijos. Y voy a explicar por qué. Antiguamente se decía a los niños que debían respetar a las personas mayores, y esto, aunque ellas no devolviesen un trato respetuoso al niño. Afortunadamente, hoy en día esa idea ha cambiado por otra mucho más sana, pero que todavía estamos lejos de aplicar: que toda persona merece respeto por ser persona. ¿En qué le faltan el respeto los padres a los hijos? Pondré ejemplos y los explicaré. Hablemos del respeto a los hijos e hijas.

Cuando un padre o madre insulta a un hijo/a, le está faltando al respeto. Por un lado, este insulto es una agresión que infringe la persona que debe cuidar al niño/a que tiene que ser cuidado y educado. Y si en estos momentos dudas de que un insulto sea una agresión (verbal), entonces deberías revisar tu escala de valores, porque algo hay que cambiar. No hay que insultar ni en serio ni medio en serio medio en broma. El efecto que esas palabras tiene sobre el cerebro de una persona, sea niño o adulto, es negativo. Recuerdo el caso de una paciente. Su marido llamaba tonto al hijo de ambos y no había manera de que dejase de hacerlo. En un momento dado convinimos que ella también llamaría tonto a su marido de manera cotidiana. Pasados unos días él dejó de insultar a su hijo. No hacen falta más explicaciones ¿verdad?

Cuando un padre o madre le da órdenes a un hijo/a, le está faltando al respeto. Las órdenes son un trato que se establece en una jerarquía en la que hay superiores e inferiores y estos últimos deben obediencia a los primeros. En un sistema familiar la jerarquía no se basa en el ejercicio de poder, no hay superiores ni inferiores, hay padres que respetan a sus hijos e hijos que respetan a sus padres. Padres que tienen la misión de amar, proteger, criar y educar desde su sabiduría y experiencia vital e hijos que, con sus más y sus menos, van siguiendo los pasos que sus padres les marcan (por supuesto, esto sería lo ideal, pero hay casos verdaderamente desesperantes). Si hay respeto mutuo, amor, comprensión, tolerancia, igualdad, comunicación adecuada y conocimiento, no hace falta ir por la vida dando órdenes que han de ser obedecidas. La comunicación se puede basar en pedir, en aconsejar, en orientar, en dejar equivocarse, en pactar, etc. Entiendo la dificultad de esto que se dice si no se ha tenido el ejemplo de los propios padres, si la vida es una lucha por sobrevivir y llegar al final del día y si no se tiene tiempo, ganas ni conocimiento para hacerlo. Siempre es más rápido y sencillo dar una orden y que esta se cumpla.

Cuando un padre o una madre no permite que su hijo/a se equivoque y exige que todo se haga bien, le está faltando al respeto. Esto es así porque la equivocación es una manera natural del cerebro para el aprendizaje. No estamos hablando de equivocaciones que puedan causar daños graves, pero cuando un padre, por su manera de entender la vida, le niega a su hijo/a la posibilidad de aprender a través del ensayo-error, está mermando la capacidad del niño/a para adquirir recursos que le serán necesarios en el futuro. En este sentido es mucho más educativo que los padres den una opinión o una sugerencia: “yo opino que esto se puede hacer de tal o cual manera”, o “te sugeriría que lo enfocases de esta manera”, o “desde mi punto de vista esto sería de esta forma” y, una vez que se ha dado la opinión, permitir que los hijos decidan la opción que crean oportuna (siempre que no haya un riesgo grave). De este modo se favorecerá en los hijos la libertad de elegir, la valentía, la determinación y la capacidad de aprendizaje, mientras que si no se les permite el error se volverán dependientes de las opiniones de otros y no desarrollarán recursos para tomar decisiones y para asumir sus errores.

  Podrían ponerse muchos más ejemplos, pero espero que con estos sean suficientes para dar una idea de la cuestión del respeto a los hijos/as.

  En Noray llevamos muchos años trabajando con niños y niñas y, sobre todo, con aquellos padres y madres que necesitan un enfoque nuevo y sano en su manera de relacionarse con los hijos. Saber tratar con ellos de la manera adecuada no es algo que se aprenda por ciencia infusa, sino que requiere de unos aprendizajes concretos y claros que van a facilitar mucho el trato y la convivencia. Si tienes dudas o problemas en este sentido sigue leyendo las otras partes de este texto y si quieres profundizar más en ellos llámanos y plantéanos tus dudas.

José A. Sande Mtnez.

Terapia emocional

Noray