Continuamos con el texto de “Cómo tratar con los niños y niñas”. Hoy vamos a ampliar el tema hablando de otro asunto, el del exceso de indulgencia y el exceso de firmeza.

  Cuando se alcanzan los tres años, el cerebro del niño ha formado alrededor de un billón de conexiones sinápticas, más o menos el doble de las que existen en un cerebro adulto normal. Según afirman los estudios científicos de la última década, entre los 0 y los 6 años el niño adquiere el 90% de los aprendizajes que realizará en toda su vida. La mayoría de esos aprendizajes no se adquieren a través del conocimiento sino de la imitación (aprendizaje observacional) y de la interacción con el entorno (familia, escuela, barrio, etc.). El desarrollo del mundo emocional del niño es fundamentalmente imitativo, reproductivo y reactivo. Dado que el pensamiento abstracto no se desarrolla antes de los 6 años, el aprendizaje del niño es fundamentalmente emocional, no mental.

  Es de gran importancia que los modelos emocionales que el niño viva sean lo más sanos posible, y esto tiene que ver con una adecuada educación emocional por parte de la familia, la escuela y la sociedad. Si los padres y familiares, los maestros y otras personas vinculadas al mundo infantil no viven su emocionalidad de manera equilibrada, el modelo en el que los niños se basan para desarrollar su mundo emocional tampoco será equilibrado.

  La educación emocional que los niños reciben puede ser escasa, basada en modelos inconscientes, inadecuados y repetitivos de lo aprendido de anteriores generaciones. El planteamiento actual de una educación integral pasa por desarrollar una Educación Emocional Infantil (E.E.I.), no solo para los niños y niñas, sino también para las madres y padres y maestras/os que sirven de modelo a los niños.

  Hay dos factores de primer orden que el adulto ha de tener en cuenta en la relación, interacción y educación del niño y la niña: amor y firmeza.

El amor implica: atención, cariño, respeto, contacto, interacción, comprensión, aceptación, empatía, dedicación, etc.

La firmeza implica: atención, límites, consecuencias, explicaciones, claridad, resolutividad, coherencia, respeto, ejemplaridad, ecuanimidad, serenidad, conciencia, etc.



  NEGLIGENCIA. El niño/a no percibe ni firmeza ni amor. No se siente atendido ni tiene límites en los que situarse. Estos padres se preocupan poco de sus hijos y no se implican en sus interacciones cotidianas, ofreciendo solo los cuidados básicos.

  INDULGENCIA. El niño/a se siente amado, pero no hay límites ni consecuencias para él o ella, por lo que tampoco encuentra un espacio emocional y relacional en el que situarse claramente. Estos padres aman de verdad a sus hijos, pero tienen poca capacidad para establecer e imponer reglas. Por lo tanto, evitan la confrontación y rara vez exigen adecuación y respeto a las reglas de la familia. A menudo, a estos padres, les desconcierta la tarea de criar hijos.

  AUTORITARISMO. El niño/a no percibe amor, pero sí exigencia. Se le pide, pero no se le da, lo que implica una desnutrición emocional y, a menudo, dificultad para gestionar las emociones y sentimientos de amor por falta de experiencia. Ejercer poder sobre los niños/as es muy importante para estos padres, y a menudo sus hijos les tienen miedo. No intentan explicar sus reglas y no proyectan ningún calor.

AUTORIDAD. El niño/a percibe amor y atención. El niño siente atención, cariño, respeto, contacto, interacción, empatía, dedicación, límites, explicaciones, claridad, resolutividad, coherencia, respeto, ejemplaridad, ecuanimidad, serenidad, conciencia, etc. Estos padres son exigentes, pero se ocupan de sus hijos. Explican sus reglas y estimulan a sus hijos a expresarse. Alientan un gran nivel de autonomía, pero procuran que los niños acepten los valores familiares. Desarrollan una buena comunicación con sus hijos.

Siendo capaces de diferenciar estos modelos de educación y de relación con los hijos y aplicando aquellos que más interesan, los padres y madres acertaremos en mucha mayor medida que si nos guiamos por impulsos o por cómo Dios nos da a entender en cada momento. Los niños necesitan modelos claros y estables de educación y relación en los que desenvolverse y crecer. Dichos modelos han de ir evolucionando a la par que el niño, de manera que no se sienta aprisionado. De este modo estaremos ofreciendo a nuestros hijos un referente importante que le ayudará a un mejor desarrollo emocional y vital.

José Antonio Sande Martínez

Terapeuta emocional

Noray