A instancias de un alumno, de cuyo nombre no me haré eco, me dispongo a escribir este breve texto sobre el mundo de la seducción. Partamos de la definición de “seducir” que hace María Moliner en su reconocido Diccionario del uso del español: “1. Persuadir a alguien con promesas o engaños a que haga cierta cosa, generalmente mala o perjudicial. 2. Hacerse una persona admirar, querer o, particularmente, amar intensamente por otra. Tratándose de cosas, ejercer sobre alguien un gran atractivo”. Como podemos leer, dentro de la misma definición hay tanto una versión insana como una versión razonablemente sana de lo que es la seducción.

Tomando la esencia de las diversas acepciones, me quedo con el hecho de que seducir es algo así como persuadir, convencer al otro de manera clandestina y encubierta, sin que se dé cuenta totalmente de lo que está sucediendo o que, dándose cuenta, lo sigue como un juego en el que “yo lo sé, pero hago como que no y tú sabes que lo sé, pero te da igual porque sabes lo que quieres”. Se trata entonces de un juego en el que están permitidas ciertas “trampillas”, y en el que las personas duchas en la materia juegan con un manual más completo que quien es diletante en estas lides.

La seducción se convierte muchas veces en una partida de ajedrez en la que a cada movimiento se responde con otro. A veces esta partida es consciente por ambas partes, a veces sólo por una y, en ocasiones, es un juego al que se juega sin que las partes sean conscientes de ello. Lo que sí está claro es que hay verdaderos y verdaderas expertas en el arte de la seducción, un juego con reglas y sin ellas al mismo tiempo.

Pero, como siempre en el caso de mis artículos y libros, un qué no puede plantearse sin un cómo. Y creo que eso es, en realidad, lo que le interesa a mi alumnado y a otras personas: ¿cómo seducir? Sobre esta cuestión hay muchos libros y textos publicados, por lo que se puede acceder a la información fácilmente. Aprovecharé estas líneas para comentar algunas de las maneras que he podido comprender, basándome en lo que he aprendido sobre lenguaje verbal y no verbal, sobre programación emocional, uso del lenguaje corporal y dinámicas inconscientes en los sistemas de relación. No digo que sean técnicas infalibles, pero me consta que han funcionado en personas que las han aplicado a lo largo de su vida. Ya sabéis eso de que “esto me lo ha contado un amigo, yo no lo he probado”. Vamos allá.

En principio, la seducción es una cuestión de actitud y, aquí, entra en juego la energía que la persona tenga, me refiero a que si hay conexión con el arquetipo de Afrodita o Dionisio, o el planeta Venus está situado en la carta natal de manera apropiada, la energía seductora, erótica y sexual se presentará de manera natural y la persona no tendrá que hacer nada especial, ya que irradiará esa información, sea de manera consciente o inconsciente. Esto no significa que quien no tenga esas cualidades innatas no pueda convertirse en un seductor/a, sino que, a falta de talento innato, tendrá que aprender la técnica y hacerse experta/o a base de practicar. Sea como fuere, arte en unos/as y técnica en otros/as, la energía seductora ha de utilizarse de manera adecuada para que no resulte excesiva, pues si lo poco gusta, lo mucho puede llegar a cansar.

Quizás ese arte de la seducción está en saber medir, en ofrecer sin ofertar, en insinuar sin enseñar, en provocar sin caer, en jugar sin querer vencer (pues si se llega al final, el juego termina) y en saber cuándo mandar… y cuándo ser mandado. Una mirada que desnuda con deseo y elegancia, un sutil contacto físico que hace sentir en la otra persona una corriente eléctrica, una palabra pícara que dice lo que quiere decir pero da la opción al otro/a de fingir que no la ha escuchado. Seducir es el arte de hacerle saber a la otra persona que la has elegido y conseguir que se sienta especial por esa elección. Mirada, lenguaje corporal, palabras y tonos se han de combinar de manera exquisita, decir sin decir y sembrar la duda y el deseo al mismo tiempo.

También es importante saber sentir lo que la otra persona irradia, lo que necesita, lo que desea, lo que le causa placer. Se trata de escuchar y de observar, de aprender el lenguaje de su inconsciente instintivo, emocional y sexual y hablar en su idioma casi sin que se dé cuenta. Como quien no quiere la cosa. Y todo ello sin prisa, sin acelerar ni presionar, creando una tela de araña de efectos y afectos tan sutiles que, cuando quiera darse cuenta, la persona ya está atrapada en un laberinto de emociones, sensaciones, complicidades, deseos e impulsos de los que no quiere, no puede o no sabe salir. El camino ya sólo tiene una dirección: vivirlo, gastarlo y disfrutarlo.

Otra cuestión ya es lo que dure esa seducción, a dónde lleve, en qué se convierta. Puede ser pasión o enamoramiento o amistad o quedarse en una T.S.N.R. ¡Hay tantos caminos en los que puede desembocar la seducción!

  Sea como fuere, arte o técnica, el primero siempre puede ser afinado y la segunda, aprendida y no está de más acercarse a este mundo de manera curiosa y abierta, pues no se trata de maldad ni manipulación, sino de un juego más de la vida, que nos brinda un poco de placer y disfrute, poniéndole esa pizca de sal y pimienta que tanto necesitamos para darle otro sabor a la existencia.

  Lo que queda por contar, quizás en otro artículo.

José Antonio Sande Martínez

Terapeuta floral y emocional

Noray Terapia Floral