Según mi experiencia profesional el sentimiento de culpabilidad es una de las estructuras emocionales que más comúnmente se dan en consulta y, por tanto una de las emociones que más se tratan. Da igual la edad, el género, el nivel cultural o el estatus social, la culpa es una emoción que se presenta a menudo y que tiene mucho que ver con la educación recibida. Curiosamente, este sentimiento no suele ser reconocido por quien viene a consulta, al menos en un primer momento. Parece como si fuera especialista en ocultarse o disfrazarse para poder actuar sin que la persona pueda hacer algo por evitarlo.

Considero necesario diferenciar entre una culpa moral o ética y una culpa emocional. En el primer caso se hace referencia a un sentimiento o idea de haber actuado en contra de un código moral o ético propio (consciente o inconsciente), de tal manera que desde el interior hay una advertencia de que se ha cometido una falta. Esta información puede llegar en forma de sensación, emoción o pensamiento, tiene la función de llamar la atención sobre la falta realizada y suele darse en personas adultas. La culpa emocional es un sentimiento o una emoción de haber hecho un mal a otra persona (voluntaria o involuntariamente) o hacer las cosas mal de modo que cause perjuicio, lo que provocaría molestias, sufrimientos, enfados, humillaciones u otros efectos. Si bien la primera puede ser una herramienta de evolución personal y de conciencia, la segunda se caracteriza por limitar a la persona en su capacidad para relacionarse con la vida y con el entorno. El trabajo terapéutico se refiere, sobre todo, a esta segunda manera de sentir la culpabilidad.

En otra faceta, el sentimiento de culpabilidad, a menudo, es una forma de amar mal entendida, que se une a los sentimientos de deuda y de sacrificio y que convierten al amor en una pesada carga. Esta programación de la forma de amar, supeditada a la culpa, la deuda y el sacrificio, desarrolla una emocionalidad desequilibrada, dependiente e insana, que lleva a relaciones interpersonales inadecuadas, de sometimiento, sacrificio, servilismo y compensación.

En consulta se da el caso de adultos que dicen que nunca se han sentido culpables, sin embargo se percibe en ellos la estructura emocional de la culpabilidad. ¿Cómo es posible? Ellos tienen razón, nunca se han sentido culpables, o casi nunca, porque han tenido mucho cuidado de no activar esa culpabilidad. Explicaré cómo. El sentimiento de culpabilidad es un programa que, una vez instalado, siempre está alerta, como si fuese la llama piloto de un calentador de gas que siempre está encendida pero que solo se dispara cuando se abre el grifo del agua caliente. Pues bien, lo que estas personas hacen es evitar abrir ese grifo, es decir, evitan las situaciones que abrirían totalmente el programa y que harían que el sentimiento de culpabilidad se activase. ¿Cómo las evitan? Eligiendo someterse a las instrucciones del programa: no causar sufrimiento a los demás, no hacer aquello que pudiese ofender, no decir nunca no a las demandas de otros, ceder territorio emocional ante los seres queridos, evitar entrar en conflicto y mantener éste en el interior sin expresarlo, no oponerse aunque no se esté de acuerdo con las decisiones o hechos sucedidos, y otras muchas conductas que impiden que el programa se active. De este modo, han vivido toda su vida sometidos a la culpabilidad sin que ésta tenga que ponerse de manifiesto, porque solo con esa llama piloto ya es suficiente para que la persona se mantenga dentro de los límites de dicho programa emocional.

No quiero dejar de señalar que la culpabilidad, en su justa medida, puede llegar a cumplir una función en el plano emocional. Este sentimiento se configura con un conjunto de emociones y sentimientos internos, entre los que están la tristeza, el autojuicio, el miedo, la responsabilidad, etc. Todos ellos pueden funcionar como señal de alarma de que la persona se está saltando sus propios códigos, conscientes o inconscientes, por lo que un ajuste sano de este sentimiento sería muy necesario. Desgraciadamente, a lo largo de la historia ha sido tan manipulado por intereses de poderes institucionales, religiosos, sociales, grupales, familiares o personales que es muy difícil vivir en un sentido de culpabilidad en su justa medida y sano que ayude a evolucionar.

Cuando una persona vive un sentimiento de culpa fuera de justa medida, tiene varias vías para intentar el equilibrio, pero la mayoría de salidas que se escogen no son sanas. En este sentido, mi experiencia a lo largo de casi una década como terapeuta floral me ha permitido observar tres maneras fundamentales de afrontar la culpa: la búsqueda del perdón, la búsqueda del castigo y la compensación. Estas tres salidas otorgan poder a otras personas o elementos externos, de tal modo que el individuo no es dueño de sí mismo, se somete, con el consiguiente perjuicio para su desarrollo.

¿Cómo se configura el sentimiento de culpabilidad? Este es un tema extenso de tratar, pero un ejemplo puede aportar una visión más clara.

El sentimiento de culpabilidad suele configurarse en la infancia, aunque también puede grabarse en la persona en edades posteriores. Un ejemplo. Cuando un niño o niña se cría en una familia en la que la respuesta ante una actitud, conducta o respuesta inadecuada o no deseada es el drama, el llanto, el sufrimiento o la enfermedad por parte del adulto, está recibiendo la información de que por su culpa el adulto se está alterando, entendiendo alteración como sufrimiento, daño, enfermedad, drama, etc. Cuando esta manera de interacción se repite en el tiempo y se acompaña de una carga emocional intensa, el cerebro del niño crea el programa “por mi culpa mamá sufre”, “por mi culpa papá lo pasa mal”, etc. La persona no conceptualiza el programa emocional de esta manera tan clara, y menos un niño, sino que es más una sensación o emoción interna, mezcla de desazón, tristeza, autojuicio, miedo, etc. por ver a un ser querido alterarse, sufrir o molestarse a causa de su conducta o actitud. Con el paso de los años, la repetición constante y las emociones que acompañan a la situación se integran hasta tal punto que se llegan a activar no solo de manera automática, sino incluso cuando la circunstancia no tiene nada que ver con la persona, condicionando sobremanera el modo en que se afrontan las situaciones, las relaciones personales y familiares, el trabajo, la vida social, la educación de los hijos y muchos otros aspectos de la vida.

Cuando explico estas cuestiones en los cursos, alguna persona suele preguntar: “pero... un poco de culpa es bueno ¿no?”. Aun entendiendo el perjuicio y la programación insana que esta emoción produce, todavía hay quien, viviendo desde la culpa, la defiende, porque no le es concebible vivir sin este sentimiento. Mi respuesta es que la cara sana de ese sentimiento es la responsabilidad, lo que les suele dejar descolocados ya que hay muchas personas que confunden ambos sentimientos. Para ayudar a diferenciarlos os propongo el siguiente ejercicio: escribid en un papel un listado, en forma de columna, de aquellas situaciones de las que os sentís culpables; ahora, al lado, escribid una columna con aquellas cuestiones de las que sois realmente responsables. Probablemente aspectos de la columna de la culpa no se reflejen en la columna de la responsabilidad. Esas cuestiones son una sobrecarga que os acompaña pero que no aporta ni salud ni resolución a vuestra vida. Ahora, de aquello que os sentís culpables y os sabéis responsables, es aquello de lo que os tenéis que ocupar y resolver. Pero no basta con quedarse ahí, porque, en realidad, es necesario evolucionar ese programa de la culpa hasta que se convierta en un sentimiento de responsabilidad sano y ajustado. Podéis empezar por un acto de psicomagia que suelo recomendar a mis pacientes. Coged un diccionario que tengáis en casa (si no lo tenéis hay que comprar uno, no hace falta que sea grande), buscad las palabras culpa, culpabilidad y culpable y tachadlas con rotulador negro, hasta que no sea posible leerlas. A partir de este momento, en vuestro diccionario interior, la culpabilidad ha de empezar a desaparecer, aunque para ello deberéis seguir haciendo un trabajo diario. Os aseguro que, con un buen trabajo de Terapia Floral, este sentimiento y sus consecuencias insanas pueden desaparecer totalmente. Ahora bien, hay que estar dispuestos a asumir las consecuencias de vivir sin culpa, y eso implica una nueva ampliación del arco del triunfo de cada uno. Almas en proceso.