La finalidad del ser humano no habría de ser únicamente existir. Para existir no hace falta la consciencia del yo, ni la consciencia de Dios. La piedra y la montaña existen, la brizna de hierba y el inmenso árbol existen, mas su consciencia se manifiesta de manera diferente a la del ser humano. ¿Para qué entonces la consciencia del yo en el ser humano?, ¿podría existir la especie humana sin autoconsciencia? La respuesta a la segunda pregunta es sencilla: sí, como especie se puede existir sin autoconsciencia. Para la primera pregunta la respuesta ha de ser más amplia y profunda.


La autoconsciencia implica la creación y percepción de una identidad, de un yo. Ésta es una función común, en mayor o menor grado, a todas las personas e, incluso de manera rudimentaria, a algunos animales.


La consciencia en un nivel humano y cotidiano implica la capacidad de establecer relación entre el yo y lo otro de manera percibida, registrada e interactuada.


Con la autoconsciencia y la consciencia se establece pues el yo, lo otro y los otros y, en este sentido, se pueden dar diferentes grados de autoconsciencia y de consciencia. Sin embargo, el ser humano tiene el potencial para desarrollar otra función más allá de la consciencia habitual. Esta función es denominada de diferentes maneras: metaconciencia, supraconciencia o también intraconsciencia, y es la capacidad de observar, percibir, procesar y utilizar información más allá del yo, de lo otro y de los otros.


Esta función (intraconsciencia), permite indagar en los confines de la vida misma, de la existencia. Poniendo un símil podría decirse que la consciencia sería como disponer de un telescopio convencional y la autoconsciencia sería un microscopio convencional. La intraconsciencia sería como disponer de un microscopio de electrones y de un radiotelescopio; ambos multiplican la función de los convencionales por miles o cientos de miles, y su funcionamiento se basa en principios diferentes a los convencionales, pero ambos sirven para contemplar la realidad. La intraconsciencia equivale al microscopio de electrones y al radiotelescopio, y permite la contemplación de la existencia a una profundidad y amplitud inimaginables para la mayoría de las personas.


Estas tres funciones se presentan en cada persona como herramientas que pueden ser utilizadas (o no) en el devenir cotidiano y vital, y la destreza con que se usen dependerá de, al menos, dos factores. Hasta donde llego a entender el primero y fundamental de esos factores es la edad del Alma, el segundo el desarrollo que se haga de esas funciones a lo largo de la vida. Cada alma que se encarna en una persona trae consigo su propio nivel de consciencia y la persona, a lo largo de su vida, ha de ir despertando dentro de sí esa consciencia hasta que se despliegue en todo su potencial. A partir de ese punto se inicia no el despertar de la consciencia, sino el desarrollo de la misma, contribuyendo así la persona a nutrir el Alma en su proceso de evolución.


Este despertar de la consciencia debería (o podría) ser un proceso natural, sin embargo, la sociedad, la educación, los sistemas familiares y la programación emocional y mental obstaculizan el proceso de muchas maneras diferentes. Como terapeuta floral una de mis funciones es, precisamente, favorecer el despertar y el desarrollo de la consciencia en cada persona acorde a su momento existencial, y enseñar a gestionar lo mejor posible esa función. Del mismo modo, como profesor, una parte importante de la formación se dirige al despertar y desarrollo de las consciencias.


Pero ¿cómo saber si uno está viviendo acorde con el nivel de consciencia que le corresponde? Edward Bach, descubridor de la Terapia Floral, nos enseñó que la enfermedad es la consecuencia del conflicto entre el Alma y la personalidad. Que cuando una persona no sigue los “dictados del Alma” termina por enfermar. Lo mismo sucede cuando uno no vive en el nivel de consciencia que le corresponde.


El siguiente paso natural al desarrollo de la autoconsciencia y de la consciencia es el desarrollo de la intraconsciencia. Después de contemplar el yo, lo otro y los otros, la mirada ha de dirigirse más allá, a lo profundo que mora en la estructura interna de la existencia, donde no puede llegar la vista, ni el oído, ni el olfato, donde el tacto no puede tocar y el gusto no sabe gustar. Allí donde la mente no consigue penetrar, ni entender ni comprender, allí donde el ego ha de desnudarse y diluirse y donde la consciencia ha de mostrarse humildemente plena de amor y amorosamente plena de humildad. Es en este punto donde San Juan de la Cruz escribió. “Entreme donde no supe / y quedeme no sabiendo, / toda ciencia trascendiendo”.


Este punto de desarrollo de la intraconsciencia no es accesible a todas las personas, ya que cada una está en un momento diferente de la escala evolutiva de la consciencia. No se trata de aspirar a ello ciegamente, del mismo que por conducir un coche no todo el mundo llegará a competir en Fórmula 1. Cada persona, en su nivel de consciencia, ha de vivir su vida de modo que pueda acceder al siguiente paso natural en su escala evolutiva. Con eso es suficiente.