Hablando con una amiga, terapeuta floral chilena, me planteaba esta cuestión a propósito de un texto que más adelante reproduciré. La cuestión tenía que ver con el hecho de que cada persona vive en un nivel de consciencia diferente, por lo que un proceso terapéutico tiene que realizarse teniendo en cuenta en qué nivel de consciencia está la persona y qué aspectos de su vida han de sanarse y transformarse.

  Hay personas a las que les rechina esto de que vivimos en diferentes niveles de consciencia, pero para los que trabajamos en el ámbito de la mente, la emocionalidad y la psique, esta es una cuestión que no tiene discusión: cada persona transita un nivel de consciencia y tiene la posibilidad de evolucionar en esa escala de consciencia desde los estadios más básicos a los más elevados. Esta cuestión la trato en profundidad en mi libro El viaje del ego hacia la consciencia (Arcopress, 2020).

  La consciencia es la cualidad por la cual un individuo se relaciona consigo mismo, con los demás y con la propia existencia. De modo muy resumido y utilizando el modelo piramidal del reconocido psicólogo Abraham Maslow, se pueden establecer los siguientes niveles: supervivencia, protección, pertenencia, reconocimiento y autorrealización. Y cada persona transita uno o varios de esos estadios, de manera consciente o inconsciente y con mayores o menores dificultades.

  Cuando una persona llega a consulta, sea por una crisis emocional, una ruptura sentimental, una enfermedad, una pérdida laboral, etcétera, en realidad, esta situación vital es una necesidad de cambio de consciencia que su Ser Interior está poniendo de manifiesto a través de esa “situación crítica”. Realmente, si se mira hacia atrás, algo ya estaba diciendo que era necesario un cambio, pero quizás no se escuchó o no se supo interpretar. Por eso la Vida, en su sabiduría, “golpea” a la persona como para darle un aviso: ¡CAMBIA!

  La terapia emocional es uno de los medios para realizar ese cambio. Nosotros, en Noray, utilizamos varias técnicas para ello: Flores de Bach, Reiki, astrología, constelaciones familiares, Gestalt, etc. Sea como sea, se hace necesario un proceso de transformación, pero… ¿hasta dónde se debe o se puede llegar?, ¿se puede hacer pasar a la persona de un estadio de supervivencia a uno de autorrealización? Y…, si se puede, ¿se debe? Cuando empecé mi labor como terapeuta emocional no tenía dudas: ¡hay que llevar a todo el mundo a un estadio espiritual! Hoy, pasados muchos pacientes y muchas horas de trabajo, tampoco tengo duda: “hay que llevar a la persona hasta donde su Ser Interior diga, no hasta donde el ego del terapeuta pretenda”. Quiero explicar el porqué de esta afirmación.


“La Vida, en su sabiduría, “golpea” a la

persona como para darle un aviso: ¡CAMBIA!”


  Un proceso terapéutico emocional tiene como objetivo último un cambio de consciencia, pero esto, en principio, no es una cuestión que conozca el paciente, él viene a liberarse de un dolor o un sufrimiento (que no es lo mismo), sea físico, emocional o mental. Entonces, podría darse este diálogo entre paciente y terapeuta:

  • Entonces, ¿qué tenemos que hacer?, ¿sanar el dolor o evolucionar la consciencia?
  • Pues resulta que lo primero ha de ser consecuencia de lo segundo.
  • ¿Y eso qué tiene que ver con los niveles de consciencia?
  • Tiene mucho que ver, porque en cada estadio de consciencia se van a presentar un tipo de problemas, sufrimientos y conflictos concretos, de modo que, solucionándolos, se puede ir evolucionando a través del aprendizaje, el incremento de la sabiduría y la ampliación de la consciencia.
  • ¿Y si yo no quiero aprender ni evolucionar?, ¿si sólo quiero que me quiten ese sufrimiento?
  • Entonces cabe la posibilidad de que, en otro momento futuro, la situación que provocó el sufrimiento se vuelva a repetir.
  • ¿Por qué se va a repetir?
  • Porque lo que nos sucede tiene como función favorecer un aprendizaje y hacernos más sabios y conscientes, que es uno de los sentidos más profundos de la existencia del ser humano. Si no aprendemos es como si suspendiéramos una asignatura, en septiembre habría que examinarse de nuevo, y en diciembre, y en febrero, hasta que decidiéramos aprobar o pasásemos a la siguiente vida con la asignatura pendiente. Y vuelta a empezar. Así que más nos vale aprender de nuestros tropiezos cuando toca, no años o vidas después.

  En este sentido, es muy importante que el terapeuta emocional respete los ritmos emocionales y mentales de los pacientes. Se trata de acompañar, incluso de empujar un poquito a la persona para que avance en sus procesos, pero no de echarse a la espalda al paciente ni de hacerle avanzar a toda costa, porque de ese modo no se va a conseguir un proceso sano para el Ser Interior y, posiblemente, estemos alimentando al ego del profesional cuando no también el del paciente.

Volviendo al inicio del texto y motivo de esta conversación, mi amiga chilena se refería a una máxima mía que abre todos mis libros. Dice así:

                   “No te conformes con entender, comprende;

                      no te conformes con comprender, acepta;

                            no te conformes con aceptar, ama;

                               no te conformes con amar, Sé”.

  En esta máxima se recogen varios estadios de consciencia: entender, comprender, aceptar, amar y Ser. Desde lo más básico, que es el entender mental-racional, hasta el proceso del Ser más profundo e integrador.

  Hay personas que sólo están preparadas para entender las cosas, pero que en un momento de su vida no pueden dar el salto al siguiente estadio. Otras quizás estén en el aceptar, o en el amar, y su trabajo es transitar su estadio para alcanzar el siguiente y dejar atrás el anterior. Esto no es algo que se pueda lograr tomándose una pastilla, leyendo un libro, escuchando una conferencia o viendo una película. Es un proceso interior que requiere tiempo y vida. Si un profesional quiere forzar saltos de consciencia en una persona, no está respetando el proceso de dicha persona, aparte de que casi nunca es viable de manera sana. Lo mismo pasa si una persona quiere pasar de un salto varios estadios de consciencia, eso es lo que Edward Bach llamaba “ego espiritual” (lo del terapeuta es simplemente ego).

  ¿Por qué forzar las cosas?, ¿querríamos que un niño de escuela infantil hiciera raíces cuadradas?, ¿pretenderíamos que un cachorrillo de perro fuese el feroz guardián de nuestra casa? Entonces tampoco tendríamos que aspirar a ampliar la consciencia a empujones o violentando las necesidades de nuestro Ser Interior o el de nuestros pacientes.

  Cada persona y cada Ser Interior tienen sus necesidades, sus fases, sus ritmos y sus procesos. En mi opinión es función del terapeuta acompañar, orientar, enseñar, alentar, pero nunca forzar ni mucho menos juzgar o violentar los procesos evolutivos y de consciencia de sus pacientes.

  José Antonio Sande Martínez

  Terapeuta emocional

  Centro de terapia y escuela Noray