En los últimos años el concepto de la “zona de confort” se ha ido haciendo cada vez más conocido, tanto en el mundo de la Psicología como en el del desarrollo personal. Muchas personas aluden a sus situaciones vitales refiriéndose a su “zona de confort”, a que les cuesta salir de ella, a que no saben cómo hacerlo, etcétera.

Esta situación se puede referir a diferentes aspectos de la vida de la persona: laboral, familiar, actividad física, evolución personal..., pero también mantiene una relación directa y clara con el plano emocional, quizás el que más influencia tiene sobre los todos los demás. Según algunos estudios la emocionalidad puede llegar a influir hasta en el 70% de la vida de una persona (yo creo que puede ser incluso más). En este sentido hay personas cuya vida emocional ha entrado en zona de confort y prefieren vivir incómodamente cómodas, cuando la evolución precisa que la vida sea cómodamente incómoda. Ahora bien, no hay que obviar que no todas las personas tienen la necesidad de evolucionar y tampoco hay que insistir en un proceso constante de huída hacia delante sin afianzar los aprendizajes de cada etapa de la vida. Hay momentos para mantenerse dentro de esa zona de confort y disfrutarla conscientemente y oportunidades para explorar fuera de ella.

La zona de confort puede entenderse como un estado en el que la persona se mantiene sin explorar más allá de los límites conocidos y acomodados de sus planos o dimensiones (física, energética, emocional, mental y/o espiritual). En este estado la persona no se hace nuevas preguntas ni prueba nuevas opciones. Se conforma con vivir la vida que vive sin optar por probar nada nuevo o diferente, sea porque está acomodada, sea por miedo, sea por pereza, por ignorancia o por otros factores. Ahora bien, mantenerse en la zona de confort no garantiza que el estado que favorece sea sano. Como ya señalé, hay quien prefiere vivir incómodamente cómodo, lo que no aporta otra cosa que una situación conocida (o controlada) pero no necesariamente satisfactoria, enriquecedora, evolutiva o sana.

Los motivos o “desde dóndes” que mantienen a la persona en su zona de confort son importantes. No es lo mismo que sea el miedo o la pereza, el pesimismo o la ignorancia. Cuando el programa emocional y mental limitante es una emoción localizada, una estrategia válida es trabajar esa emoción limitante hasta llevarla a una justa medida que permita salir de esa zona de confort pero... ¿qué pasa cuando una persona se mantiene en esa zona de comodidad por ignorancia? Esta situación es similar a la creencia de los antiguos navegantes de que la Tierra era plana y que cuando se llegaba al extremo con el barco éste caía al vacío. Esta creencia, ignorante de la forma esférica de la Tierra, limitaba la navegación hasta donde estaba descrito en los mapas y la mayoría de los navegantes no se atrevían a ir más allá porque más allá no había nada.

Hay personas que creen que su zona de confort es la única vida que existe y que más allá de sus límites no hay nada. Sin embargo, cada día pueden contemplar cómo lo que para ellas no existe o es imposible otras personas lo viven. ¿Cómo puede ser entonces que lo nieguen o crean que para ellas no hay esa posibilidad?

Esta es la respuesta real, escrita por una paciente que vivía en su zona de confort emocional. Había llegado a mostrar síntomas como ansiedad, problemas en la boca y alergia, pero nunca lo llegó a relacionar con que vivía una vida que no deseaba vivir.

“¿Y CÓMO SE PUEDE VER LA NADA? Salir de la zona del confort es como tener fe. Es creer en lo que no se ve, en lo que no se siente, pero es creer en lo que se desea. Se puede dar la circunstancia de quedarse atrapada durante años en un círculo del que no se ve la salida, es imposible salir de lo que no creemos que se pueda salir, y no ocurrirá por sí solo. En mi forma de verlo hay dos posibilidades u oportunidades de cambio: un momento de crisis, en muchos casos hay síntomas que nos dicen que tenemos que cambiar de vida, que tenemos que avanzar, “salir”; o bien, un agente externo (terapeuta) que nos haga “ver” que hay otros mundos dentro de este. Pero incluso una vez que se da el salto al vacío, la readaptación a esa nueva realidad es dura. Nos hará dudar de si lo anterior era tan malo o no. La razón es la comodidad de lo conocido, el control que creemos ejercer en terrenos conocidos a pesar del dolor o todas las circunstancias que anteriormente nos parecían adversas. Lo conocido es más fácil. En la mayoría de casos no estamos entrenados en la adversidad, se nos ha educado en las comodidades del “no cambio” y si no estamos muy atentos y atentas lo reproduciremos con nuestros hijos e hijas. Nos preocupamos constantemente en hacerles la vida fácil, pero les estamos enseñando el camino del “inmovilismo personal-zona de confort”. No sabrán lo que es el dolor, el dolor de tomar decisiones, el dolor de errar, les quitamos las posibilidades de aprender en la adversidad y con ello les arrebatamos la determinación para avanzar, para ser atrevidos. Los relegamos a una zona de confort eterna, “¿Para qué vas a cambiar de trabajo?”, “¿por qué te vas a separar con lo a gusto que estás?”. No sólo nos cuesta salir de nuestra propia falsa comodidad, sino que además perpetuamos esa comodidad en los que nos rodean. Quizás es necesario que nos escuchemos más a nosotros mismos, y que tracemos todos los caminos, los posibles y sobre todo los imposibles.”

La respuesta de esta mujer puede ser esclarecedora para otras personas que perciban su realidad de manera parecida. Estoy de acuerdo en que tanto la familia, como la escuela y la sociedad educan en un conformismo y una limitación que, en mayor o menor medida, impiden reconocer la zona de confort como un estado que es necesario cambiar para avanzar. Por ello, queda en la voluntad de cada persona ser atrevida y salir a explorar fuera de ese estado incómodamente cómodo que tanto perjuicio puede llegar a provocar.

Con todo esto no quiero decir que haya que estar en un permanente movimiento exploratorio, ya que hay fases de la vida en las que hay que vivir lo que se está viviendo. En este sentido remito al artículo Gastar la vida. Pero sí que invito a cada persona a que preste atención a la voz de su consciencia y, si esta no fuese audible, a las señales que ésta le envía a través del cuerpo en forma de síntomas y enfermedades. No hay enfermedad sin connotación emocional. Si un síntoma físico, mental o emocional es excesivamente intenso, se repite a menudo o dura demasiado tiempo habría que preguntarse ¿qué está pasando en mi vida que no está en coherencia con lo que verdaderamente quiero vivir? Intensidad, frecuencia y duración excesiva de los síntomas son una señal inequívoca de que algo está en desequilibrio y ha de ser atendido y cambiado. A fin de cuentas todo en la vida es proceso y cambio, frenarlo es pretender frenar la vida en sí misma.