Aquello que la persona no acepta vivenciar, transformándolo en contenidos inconscientes, pasa a formar parte de la biología, del cuerpo, de los órganos, de los tejidos y las células. No hay emociones olvidadas, disueltas o desvanecidas como por arte de magia, hay emociones vivenciadas y gastadas y otras negadas y acumuladas en el inconsciente y, tarde o temprano, en la biología.

Estamos tan acostumbrados a no ser coherentes con nosotros mismos que vivir insatisfecho se ha convertido en una postura común, entendible y fácilmente aceptable. El sistema social en el que vivimos, principal favorecedor de esa insatisfacción, intenta paliar nuestro vacío interior con objetos, placeres e ideales de consumo rápido incapaces de cubrir nuestras inalcanzables y frustradas expectativas. La familia, la educación recibida, la moral, el contexto donde hemos crecido, la época, los factores físicos, sexuales y psicológicos acaban por determinar hasta qué punto nuestro camino dejará de ser armónico, ese que desea realmente nuestro Ser Interior.

Podemos ser conscientes o no de esta situación. Si lo somos, podremos generar cambios que nutran, favorezcan y nos lleven a una actitud sana con nosotros mismos. Si no, todo aquello que a través de programas mentales y emocionales nos obligamos a no vivenciar, acabará por emerger lentamente, de una forma u otra, como dolencia física o psíquica. Es en este caso cuando aparece la somatización.
La somatización, según el diccionario de María Moliner (1998), se define como: “convertir un trastorno psíquico en alteraciones orgánicas o funcionales. Manifestarse un trastorno psíquico en forma de síntomas orgánicos o funcionales”.

Trabajo como Auxiliar de Enfermería desde hace más de 20 años en un hospital y compruebo, día a día, cómo la mayor parte de las enfermedades que se tratan no responden a virus ni bacterias. La verdadera raíz de los padecimientos tiene su origen en las actitudes poco saludables que se adueñan de la mayoría de nosotros y que, a la larga, generan pacientes predispuestos a enfermedades.

Todos estos comportamientos tienen a su vez un motivo emocional mal gestionado o no vivenciado que, muchos de nosotros, acabamos por somatizar en dolencias: diabetes, fibromialgia, ansiedad, epoc, hipertensión, insuficiencia renal, psoriasis, dermatitis, desprendimientos de retina, sordera prematura, impotencia, artrosis, reumatismo, bruxismo, múltiples tipos de cáncer, etc.…

Es importante señalar nuestra paupérrima educación emocional, en una sociedad poco interesada en el humanismo y el crecimiento personal y centrado en la especialización y tecnificación con vistas a la productividad. Las vidas no vividas de nuestros padres, partícipes en gran medida de la psique inconsciente que acabaremos desarrollando, crean una herencia ancestral y contagiosa, como un virus psíquico que infecta el campo circundante. Para explicar mejor todo esto relato un caso que ilustrará lo que digo.

Un conocido mío, Gerardo, ingresa cada pocos meses en la planta de Neumología donde trabajo. Es un muchacho de apenas 40 años que pesa más de 150 kg. Padece de diabetes, epoc, insuficiencia renal, migrañas e hipertensión. Cada vez que ingresa los médicos le ponen una dieta baja en calorías, de protección renal, rica en fibra y abundantes líquidos además de la medicación específica para su dolencia respiratoria. Cabría suponer que en estas condiciones cualquiera seguiría estrictamente los dictados médicos en pos de una rápida curación, pero Gerardo, por el contrario, desobedece todas estas indicaciones; se escapa a fumar en cuanto tiene fuerzas, roba los panecillos y sobras de las bandejas de los demás pacientes, cuando hemos terminado de recoger, para comerlos a escondidas.

Si escarbamos un poco en la superficie podemos percibir que su vida, fuera de las paredes del hospital, sigue siendo un verdadero caos. Problemas económicos, sociales y sobre todo emocionales se esconden tras estos comportamientos de ansiedad y descontrol. Da la impresión de que desprecia la vida, su vida.

Uno de aquellos días en que lo sorprendo llorando solo en su habitación, al intentar consolarlo, comienza a derrumbarse y contarme, en un gesto de auténtica desesperación, el por qué de sus lágrimas.

— No me gusta la vida que llevo. No quería casarme ni trabajar en el negocio de mis padres. Tampoco quería tener hijos…, aunque ahora los quiera de verdad.
— ¿Y por qué lo hiciste?
— Porque se suponía que era lo que tenía que hacer. Era lo que se esperaba de mí.
— ¿Y no crees que es hora de cambiar?
— Ya es tarde, muy tarde…

Desgraciadamente Gerardo, al no vivenciar la biografía que le toca vivir, distinta a la que ahora vive, experimenta físicamente todo un mural de dolencias y padecimientos que su cuerpo, a la espera de ser querido, manifiesta como un grito ahogado ante la desesperación. Este ejemplo, con otras características y enfermedades, es extrapolable a muchas otras personas.

Es indispensable tener valor para tomar decisiones coherentes con nuestro Ser Interior, que nos hagan estar serenos a pesar de la opinión de los demás y el dolor que nos toque vivir. Desde luego, existe un mundo infinito de posibilidades para paliar los síntomas con pastillas y tratamientos que alivien temporalmente del sufrimiento, pero no existe una cura para aquello que se niega o teme vivenciar.

“Cuando una persona cree que siente lo que debe sentir y constantemente trata de no sentir lo que se prohíbe sentir, cae enferma…”. (El cuerpo nunca miente, Alice Miller, 2011, Editorial Tusquets)

Saltarse los escalones de aquello que significa vivir nos deja vacios de contenido. Es aconsejable enamorarse y vivir el desamor unas cuantas veces en la vida; trabajar, ser independientes y vivir solos un tiempo; reír siempre que se pueda y llorar cuando lo necesites; contemplar alguna vez la muerte de algo querido para comprender la falta; comer cosas nuevas, tener nuevos amigos; leer de vez en cuando, bailar y escuchar música alguna vez; emprender un gran viaje muy lejos de lo conocido y detenernos a meditar habitualmente sobre lo que somos y queremos.

Las vidas no vividas carecen de alicientes y esta ausencia se manifestará enfermando nuestros cuerpos. Una mentira piadosa, a nosotros mismos y a los demás, será el germen que probablemente nos conducirá a ello. Es imprescindible la honestidad interior como herramienta fundamental que proporcione el equilibrio necesario a nuestras vidas. Buscar la coherencia entre lo que somos, lo que pensamos, lo que sentimos, lo que decimos y lo que hacemos. Identificar todo aquello que nos hace sufrir languideciendo, para ser erradicado, y apostar por el dolor pasajero y enriquecedor.

No existe una predestinación, rumbo o trayectoria inamovible. Podemos, y debemos, ser dueños y señores de nuestro camino, equivocado o no, para realizarnos como realmente queremos. Asomarnos desnudos al espejo y vernos como realmente somos. Ser el escritor de nuestra biografía, el escultor de nuestro cuerpo, el pintor que dibuja nuestros pasos con colores nuevos y atrevidos, el verdadero protagonista de la historia, en ese tiempo irrepetible que se nos ha dado, para cumplir algo más que nuestros egóicos deseos, alcanzando el auténtico sentido de la existencia y del Amor.