A menudo, en consulta, las y los pacientes proponen como uno de sus objetivos de trabajo el “ser felices”, “encontrar la felicidad” o, incluso, “que mis hijos sean felices”. Y siempre, ante tal objetivo, les propongo cambiar la felicidad por la serenidad. Quiero explicar por qué.

Para empezar, se hace necesario recordar que más del ochenta por ciento de la población mundial vive en estado egoico, por lo que la percepción de la felicidad es una percepción o concepción egoica de la misma. ¿Qué se entiende por felicidad en este nivel de consciencia? Fundamentalmente, se entiende la inexistencia de sufrimiento o dolor, lo que se consigue satisfaciendo todos los deseos y necesidades, así como protegiendo de todos los miedos, porque la felicidad queda circunscrita a cubrir, fundamentalmente, las necesidades de supervivencia y protección.

  La ausencia de dolor y sufrimiento, la cobertura de las necesidades de supervivencia y la protección de dichos estados se traducen (imaginaria y falsamente) en un estado de alegría para el ego, situación que han sabido aprovechar diferentes estamentos para someter a la población a estados de alienación, servilismo, resignación o culpabilidad, entre otros, estados que anulan la consciencia y que favorecen el consumo, ya sea de religión, de fútbol, de política, de ocio o de cualquier otra manera de alimentar al ego y no pensar, confundiendo ese “estar desconectados” con la felicidad. “Panen et circenses” que decían los gobernantes romanos.

"¿La felicidad es ausencia del dolor?"

  Cubriendo las necesidades y los deseos, las personas creen entrar en un estado de felicidad, sobre todo porque los gobiernos, las religiones y los mercados bombardean a la gente con mensajes continuos para que así lo crean. A lo largo del tiempo de educación y años posteriores, una persona recibe miles de “dosis” de información en las que “si crees en esta fe serás feliz”, “si compras este producto serás feliz”, “si ves tales programas de televisión serás feliz” o "si sigues a tal partido serás más feliz”. Si alguien duda de estas afirmaciones no hay más que ver, por ejemplo, algún anuncio de telefonía e internet y ver cómo las personas que usan tal servicio son más felices, incluso (y me parece de lo más surrealista) hay un anuncio en la que un hombre está cagando en el baño con el ordenador en sus rodillas y es más feliz porque al mismo tiempo que caga se relaciona con alguien… ¡Por favor!, o somos tontos o nos toman por tales.

  La felicidad, en los niveles de consciencia en los que, de media, se mueve la población, es un estado transitorio que se alcanza al satisfacer deseos o cubrir necesidades, ¡qué fácil le resulta al poder (religioso, político o comercial) ofrecer productos que cubran dichas necesidades o satisfagan dichos deseos!, de este modo hacen creer a las personas que son felices y que su felicidad depende de quien se la proporciona a cambio de fe, votos o dinero. Cuando esa felicidad se diluye “¡no hay problema!, nosotros te ofrecemos otro trocito de paraíso, otras mentiras que creerte o un nuevo producto de moda que satisfaga tus deseos”, “nosotros inventamos nuevas necesidades para ti y, seguidamente, te vendemos los productos que las cubren”. Éste es el círculo vicioso de la felicidad en los niveles egoicos de desarrollo de la consciencia. El ego consume felicidad.

"El ego consume felicidad..."

  ¿Y qué hay de la serenidad? La serenidad es un estado interior que se va alcanzando según se avanza en la escala de consciencia, según se van perdiendo miedos y trascendiendo necesidades y deseos egoicos. Esta serenidad está hecha de valentía, desapego, aceptación, relativismo, atención, silencio, comprensión, tolerancia, búsqueda interior, evolución, aceptación del dolor y Amor, entre otras cuestiones. Cuando las necesidades y deseos no son el motor de la existencia, bien porque están cubiertas de manera natural o porque han sido trascendidas, la mente se puede enfocar en otros aspectos de la evolución y del vivir, de modo que no hay que buscar fuera lo que ya se tiene o lo que no se necesita, sino que la mirada se dirige a un proceso de autoindagación, en el que la felicidad no es ya un indicativo de satisfacción, sino un mero instante pasajero en la búsqueda de un estado de conexión con lo profundo, con el sentido de la existencia y con el Ser Interior. Si no hay miedos ni deseos el ego se silencia y la voz de la consciencia, mucho más sabia y templada, susurra en el corazón el camino a seguir.

Quien busca la felicidad y no alcanza otra cosa que el estrés o la ansiedad, se sorprende cuando, al sentir la serenidad, comprueba que es más satisfactoria y plena. Quien experimenta (gracias a la Terapia Floral en mi caso y en el de los pacientes de Noray Terapia Floral) la serenidad durante unas horas o días, a menudo, comenta que no sabía lo que era estar sereno hasta ese momento: “una especie de tranquilidad en la cabeza y en el corazón”, dicen algunas personas, “un silencio interior que nunca había conocido” dicen otras. Y se preguntan si este estado es pasajero, si dejarán de sentirlo al terminar la terapia o si se puede conservar durante más tiempo. Honestamente, he de decir que tal estado no es fácil de lograr ni de conservar en una sociedad tan egocéntrica, egoísta y ególatra, pero a medida que se avanza por la escala de consciencia, se van alcanzando mayores cotas de serenidad y mayor perdurabilidad de dicho estado. Siempre queda margen para el crecimiento, por lo que una “serenidad perfecta” no es posible alcanzarla para la mayoría de las personas, sin embargo, vivir en una serenidad interior razonable es un estado tal que, una vez alcanzado, nadie quiere perder.

  Con esta reflexión no quiero decir que la felicidad no exista o que sea perjudicial, al contrario, la felicidad existe, son estados puntuales que es importante vivir y disfrutar, pero cuando se convierte en un estado que se ha de experimentar permanentemente (cosa imposible sin que sea un estado artificial) o cuando se concibe como un producto que puede ser comprado y vendido, entonces se trata de una ilusión a través de la cual se manipula, se engaña y se aliena a las personas, de manera sutil, pero efectiva. Ahora bien, según se va caminando por los diferentes niveles de consciencia, se va conectando con una esencia interior que, progresivamente, se va mostrando en forma de alegría (o felicidad si se quiere), que no depende de comprar, poseer o aparentar, sino que está en relación con Ser (recomiendo leer el texto de El ciprés en el patio). Ese Ser es interior, no se puede comprar ni vender, pero sí se puede aprehender. Se alcanza a través del trabajo interior y es posterior al estado de serenidad, por esta razón les cambio a mis pacientes su deseo de felicidad por la consecución de la serenidad, porque si no alcanzan primero un estado de serenidad consciente y perdurable, no podrán llegar a la alegría auténtica y profunda de Ser.

  Así que no dejes que te vendan felicidad, porque, con ello, lo que están alimentando es a tu ego y no a tu consciencia. Si acaso, que te indiquen qué camino has de seguir para transitar hacia la serenidad y atrévete a recorrerlo, aunque te parezca incómodo o fuera de lo habitual, aunque quienes te rodean piensen que has perdido el juicio, que haces cosas raras o que no te comportas con normalidad. Precisamente, para alcanzar la serenidad, hay que dejar de vivir en las dinámicas “normales” que esta sociedad establece para que las personas vivan alienadas y en la búsqueda de una promesa de felicidad que no es posible alcanzar más que consumiendo o cediendo el tiempo, la libertad y el poder a aquellas personas o instituciones que se alimentan de la energía de la gente. Recuerda las palabras del maestro Gandhi: “Dios nos quiere atrevidos”.

José Antonio Sande Martínez

Terapeuta emocional y floral

Noray Terapia Floral