Quien me conoce sabe que a través de mis libros, cursos y charlas trato a menudo el tema de la infancia como un aspecto de vital importancia para el desarrollo de una emocionalidad equilibrada. En este escrito quiero centrarme no en los niños/as sino en los padres y madres que, cada día, tratan de sobrevivir a su oficio de progenitores.

Hacia donde quiero dirigir la atención es al hecho de que, en lo cotidiano, en el día a día, es prácticamente imposible la tan mentada “conciliación laboral y familiar”, algo en lo que se nos ha tratado de vender la moto en tiempos de bonanza económica y que hoy ha quedado en el olvido más profundo debido a la necesidad pura y dura de sobrevivir.

El día suele tener 24 horas para todas las personas, aunque haya algunas que parezca que le sacan más. De esas 24 una media de 6 (tirando por lo bajo y si los niños lo permiten) se dedican a dormir; unas 10 a trabajar (incluyo desplazamientos); 2 horas al día pueden considerarse utilizadas entre desayuno, comida y cena; 1 hora al día dedicadas a cuidados e higiene personal y necesidades fisiológicas (afeitado, depilación, baño o ducha, aseo, pipí y caca de los niños y propio, etc.); las labores domésticas no ocupan, apurando mucho, menos de 2 horas al día (limpieza, orden, cocina, lavar, planchar, recoger, etc. y eso si se hace compartiendo la carga entre los dos miembros de la pareja); la compra y diversas actividades cotidianas, papeleos, bancos, recados, imprevistos, etc. pueden ocupar una media de 1 hora diaria; la media dedicada a prestar atención a pantallas de diferentes tamaños y formatos (entiéndase de mayor a menor: televisión, ordenador, tablet, móvil ) es de unas 2 horas. Hasta el momento se han consumido, de media, 23 horas, nos queda una magnifica y magnánima hora, ¿qué podemos hacer con ella? A continuación expongo un listado de otras cosas que también deberían formar parte de la vida cotidiana y que se pueden incluir en esa hora que tan amablemente el sistema (o la vida) nos regala:

Hacer deporte, escuchar música, ir al cine, salir de cena, tener una experiencia sexual, pasear con la pareja, estar con los amigos/as, leer, estudiar, hacer cursos de algo interesante... todo esto en la hora que, de media, nos queda libre. Si eres de las personas que consume tabaco, esa hora ya te la has fumado. Pero... ¿dónde ha quedado el tiempo para estar con los hijos/as, compartir, educar, jugar, criar, atenderlos?

Para que la conciliación familiar equilibrada fuese factible, habría que organizar la sociedad de una manera totalmente diferente, con jornadas laborales de un máximo de seis horas y horario continuo, pero con sueldos más que dignos para poder vivir (no sobrevivir). Una sociedad en la que las personas puedan alcanzar su autorrealización en función de su grado de conciencia, una sociedad en la que en lugar de trabajar para ganar dinero para consumir se primase la calidad sobre la cantidad y la realidad sobre la apariencia, en la que disfrutar de la vida cotidiana, día a día, fuese algo posible, en lugar de pasarse de lunes a viernes pensando en el fin de semana y de septiembre a julio pensando en agosto. Todo ello contribuiría a una mejora en la calidad de vida personal y familiar, se tendría algo más de tiempo para dedicar a los hijos/as, en lugar de llegar a casa agotados/as y hasta las narices y deseando, únicamente, una ducha, una cena y un sofá donde descansar el cuerpo y la mente.

Criar y educar requiere un gran esfuerzo (también hay quien piensa que los niños se crían y educan solos), una inversión de tiempo, energía y dinero que este modelo de sociedad no facilita, ya que hay entidades (y personas) a quienes para nada interesa que vivamos mejor, no vaya a ser que nos acostumbremos y, por supuesto, tampoco interesa que podamos educar lo mejor posible a nuestras hijas e hijos, no vaya a ser que desarrollen un nivel de conciencia suficientemente amplio como para querer cambiar el orden establecido. Lo dicho, ser padres y madres misión casi imposible.