El título de este artículo hace referencia a una actitud ante la vida de rutina, tedio, hartazgo, etc., como la que muchas personas viven cada lunes por la mañana cuando se tienen que enfrentar a una existencia rutinaria. La palabra rutina alude a la “costumbre de hacer cierta cosa o de hacerla de cierta manera, que se sigue manteniendo aunque ya no haya razón para ello o la haya en contra” (Diccionario de uso del español María Moliner). Precisamente eso es lo que pasa cuando la persona entra en rutina; algún aspecto de su vida, o muchos, los sigue viviendo aunque ya no tengan sentido. ¿Qué quiere decir “tener sentido”? Cuando una acción, experiencia o vivencia tiene sentido en la vida de una persona es porque le aporta algo: aprendizaje, satisfacción, realización, crecimiento. Sin embargo, muchas son las personas que repiten aspectos de sus vidas sin que les aporten nada en absoluto. Hay quien inició hace años una profesión que en el momento actual ya no le satisface, o quien mantiene una relación de pareja o de amistad aunque ya no haya otra razón para ello que la costumbre. Hay quien cada día realiza un ritual religioso en el que no cree o quien, de manera repetitiva y sin conciencia, utiliza siempre el mismo camino para desplazarse aunque ya no le descubra nada nuevo.

La vida cotidiana puede estar llena de pequeñas y grandes cosas que nutren y enriquecen la mente, la emoción y el alma, o puede que cada día sea el mismo repetido miles de veces, sin encontrar nada que alimente al Ser interior. Hay quien por sus procesos y lecciones vitales vive en esa rutina y ello le resulta satisfactorio, sin embargo, también hay muchas personas que se dejan caer en ese estado tedioso y aburrido aun cuando ello les puede llevar a la enfermedad.

En ocasiones una persona se presenta en consulta con esa sensación de rutina vital, de tedio, hastío y monotonía, pero es incapaz de identificar de dónde viene, solamente sabe que lo siente. “Estoy cansada de todo, nada me interesa ni me motiva, pero no sé por qué me pasa”, es un argumento más o menos repetido en este tipo de pacientes. Al explorar sus vidas se puede ver cómo pueden estar llenas o vacías de relaciones, experiencias, actividades, etc., pero la cualidad de fondo es la pérdida del sentido de lo que hacen. Recuerdo el caso de una mujer de mediana edad, unos cincuenta años, de clase económica muy alta, que llego a consulta con una serie de síntomas que incluían: angustia, tedio, desazón, ansiedad, amargura y tristeza. Su vida era muy acomodada económicamente. Por las mañanas se pasaba por la empresa de su marido y hacía algunos recados, lo que no le ocupaba más de cuatro horas, sus hijos ya no vivían en la casa, parte de las tareas domésticas las realizaba una empleada y ella completaba su actividad de la mañana con una actividad de Pilates. Las tardes se sucedían entre peluquería, esteticien, cafés con las amigas y otras actividades en la misma línea. Las noches y los fines de semana transcurrían entre cenas de amigos-negocios, fiestas de alto nivel y viajes. Aparentemente sería una vida de lujo, casi sin obligaciones cotidianas, podría ser una vida de disfrute, pero ella no solo no disfrutaba sino que se sentía aburrida, molesta, cansada y agobiada.

La vida que esta mujer vivía no le resultaba satisfactoria, pero no lo sabía, simplemente, se había ido acomodando a ella y la repetía día tras día por costumbre, por hábito, sin darse cuenta de que no le aportaba ningún tipo de satisfacción, aprendizaje o nutrición. No solo eso, sino que ese tipo de vida con relaciones sociales basadas en los intereses, los negocios y las apariencias, le desagradaba y le llevaba a la queja y la crítica constantes, sin ser consciente de que esa actitud reforzaba los síntomas que le habían traído a la consulta. El Ser interior de esta mujer, a través de esas señales (angustia, tedio, desazón, etc.), le estaba diciendo que debía abandonar ese tipo de vida vacía y plenificarla, llenarla de actividades y relaciones que le aportasen otro tipo de energía, vivencias y aprendizajes. Aunque explicado así parece muy fácil de entender, para una persona que ha vivido veinte o treinta años de una manera, aceptar que ese modo de vida ya no resulta interesante para su Ser interiorpuede resultar, cuando menos, chocante. Incluso puede entenderlo, pero no comprenderlo. Por ello, la Terapia Floral favorece la toma de conciencia y la transformación paulatina de este proceso, llevando a la comprensión y la transformación.

En estos casos la persona vive incómodamente cómoda, y está claro que no es la opción más sana para ella. También se puede dar en las relaciones de pareja o de amistad, en la vida laboral, en los estudios, etc. Cuando una actividad vital pierde el sentido profundo de realización, aprendizaje y nutrición, hay personas para las que esto representa una pérdida de energía vital, ya que en lugar de ser la persona la que se nutre de la energía de lo realizado, se produce una inversión del flujo de energía y es la relación o la actividad la que se nutre de la energía de la persona para, así, seguir existiendo. De este modo, la persona repite y repite sin sentido y se va descargando de su energía. La relación, la actividad, la vivencia se ha convertido en una entidad parásita de la energía de la persona, agotándola y manteniendo su existencia a costa de ella. Si esta situación se mantiene a lo largo de los años, de manera consciente o inconsciente, las consecuencias son una vida rutinaria, monótona, tediosa, desnutrida, aburrida y, con el tiempo, enferma.

También se puede vivir en el estado limitado de rutina cuando la persona no es capaz de salir nunca de su zona de confort, de modo que no hace nada nuevo, no explora, no innova, ni cambia, ni evoluciona. Ello deriva, para algunas personas, en un estado acomodado pero tóxico, en el que su Ser interior se siente encarcelado y, poco a poco, va apagando su voz frente a la de la mente que le dice a la persona “no te arriesgues, así estás bien”, “¿para que vas a cambiar?, así vamos tirando”. Estos argumentos y otros parecidos a menudo son inconscientes, pero efectivos, aislando a la persona en esa zona de confort en la que se intenta que no suceda nada nuevo ni diferente, no vaya a ser que “nos quedemos peor”. Es entonces cuando al Ser interior no le queda otro remedio que provocar una serie de síntomas para llamar la atención sobre el daño que la persona se está haciendo a sí misma al mantener esa actitud. Referido a este estado, recomiendo mucho a mis pacientes que vean cada día un simpático video en YouTube que se titula ¿Te atreves a soñar? Lo considero una gran herramienta pedagógica y terapéutica y recomiendo a los profesionales hacer uso de ella.

Los síntomas ya mencionados son señales que el Ser interior de la persona emplea, para que se dé cuenta de que algo no va bien. Además, el lenguaje verbal y corporal también se van cargando de información, aunque la persona no sea consciente de ello. Expresiones como “qué aburrimiento”, “qué agobio”, “estoy cansada de lo de siempre”, “siempre es lo mismo”, “qué pereza me da”, y muchas en la misma línea, denotan ese estado de ánimo vinculado a la rutina. En el plano corporal la cara puede mostrar gestos o rasgos de asco, amargura, tristeza, hartazgo, agobio, ansiedad, rechazo, indolencia... El cuerpo puede aparecer sin vitalidad, con sensación de cansancio, aunque hay quien reacciona frente a esta situación entrando en estados de tensión y nerviosismo constante. La persona ha perdido la pasión vital, la chispa de energía, y eso se refleja en el cuerpo y en el rostro de manera observable.

Vivir una vida en la que ya nada apasiona ni alegra ni nutre no sólo puede ser aburrido y tedioso, sino perjudicial para la salud. No nos permitamos desechar la pasión de nuestra vida, aunque sea en pequeñas dosis cada día. Almas en proceso.